¡¡Hola, literatómanos!!
¿Qué tal os va?
¿Qué tal os va?
Quizá hoy no sea, precisamente, el día más inspirador del mundo. Al fin y al cabo, mañana regreso a la rutina. Vuelven a empezar las clases (2º Medicina ya, quién lo diría), y este año no tiene pinta de ir a ser fácil. Pero creo que una sonrisa y una actitud positiva son más imprescindibles aún en momentos así. Después de todo, se trata de sacarle el máximo jugo a la vida, incluso a los días más normales.
Por esta razón, he decidido desempolvar esta sección precisamente hoy. Os recuerdo que es una sección propia de este blog, y que estoy encantada si alguien quiere llevársela al suyo, pero os agradecería que me mencionarais y me lo dijerais. Y he decidido dejaros unas cuantas fotos preciosas del mar. En concreto, del océano Atlántico, tomadas en Galicia (fotos de cosecha propia, me encantó hacerlas). ¡Espero que os guste!
ATLÁNTICA
Una vez, en una playa de arena muy blanca y agua cristalina, una niña se atrevió a soñar. Ella siempre había vivido en guerra, en un mundo en el que la vida se basaba en sobrevivir, en llegar al día siguiente con todas las partes del cuerpo en su sitio y el corazón latiendo. Pero aquel día la niña pudo respirar la paz, y tuvo tiempo de hacer un castillo de arena. Entonces se dio cuenta de que había un futuro. De que estaba en el aire, pero existía.
En esa playa, la niña conoció a una amiga. Era una perra, una perra pequeña de ojos penetrantes, que parecía que te estaban mirando al alma. La perra tampoco había pensado nunca en el futuro, ni tenía intención de hacerlo. Para ella no había nada, más allá del corto alcance de su vista y de lo que reconocía su olfato. Pero tenía la capacidad de comprender, incluso sin llegar a entender nada; de amar, incondicionalmente, aún sin saber lo que es eso del amor. De despertar una parte de la niña que siempre, pese a todo el bullicio, había estado dormida.
Tiempo después, la paz tocó a su fin, aunque el mar aún no había comenzado su propia batalla. La niña tuvo que volver a cambiar la arena por los escombros y las olas juguetonas por las oleadas de rabia, miseria y dolor de una sociedad que tardaría mucho tiempo en entender. Pero algo en ella había cambiado, había descubierto, entre otras muchas cosas, que se podía correr sin tener que huir.
Y, muchos años después, esa niña ya no sería una niña, sino la mujer que cambió el mundo.
Y hasta aquí la entrada de hoy. Como de costumbre, os invito a comentar qué os ha parecido, si os ha gustado... ¡Mucho ánimo con ese septiembre!
¡¡Hasta pronto, literatómanos!!








